Mi legado de amor: la riqueza de haber cuidado y acompañado

Cuidar a un ser querido no solo implica estar presente en los momentos difíciles; también significa aprender a mirar el dolor desde el amor, la gratitud y la esperanza. No siempre es fácil; implica cansancio, entrega, paciencia y fortaleza. Pero también puede convertirse en un camino de amor, fe, gratitud y crecimiento interior. Por eso, también es importante recordar que quien cuida también necesita ser acompañado.

Cuidar a un ser querido desde el amor

En medio del cansancio, cuidar a un ser querido puede revelar una fuerza interior que nace del amor y del agradecimiento.

Haber tenido el privilegio de cuidar de cerca a mi papá y a mi esposo durante los dos últimos años de su enfermedad, hasta el momento de su partida, es uno de los tesoros más grandes que guardo en mi mente y en mi corazón.

Lejos de recordarlo como una carga, hoy, a cuatro años de la partida de mi esposo y a dos de la partida de mi papá, reconozco esa etapa como una de las bendiciones más profundas de mi vida. Fue un tiempo que me transformó y que me dejó una riqueza invaluable: la certeza de que el amor, cuando se entrega con todo el ser, permanece para siempre.

El cuidado como camino de crecimiento humano y espiritual

Acompañarlos en el tramo final de su vida no fue solo un acto de asistencia; fue una experiencia de crecimiento personal y espiritual. En la intimidad del cuidado diario, la vida me regaló la oportunidad de valorar la esencia de nuestras relaciones: la de padre e hija, y la de esposo y esposa.

  • Amar y ser amada: Experimenté un amor despojado de egoísmo e interés, donde la entrega mutua se convirtió en nuestro idioma más profundo.
  • Comprender y ser comprendida: Aprendimos a descifrar silencios, miedos y necesidades, encontrando una empatía profunda en medio de la vulnerabilidad.
  • Aceptar y ser aceptada: Nos abrazamos con nuestras fuerzas y debilidades, con nuestras luces y sombras, con nuestro pasado y nuestro presente. Asumimos la realidad de la enfermedad y del paso de los años con una paz que sobrepasa todo entendimiento. Ellos partieron en paz; yo me quedé con el dolor de su ausencia y con la dicha de saberlos en los brazos del Padre, de rostro a Él.
  • Escuchar y ser escuchada: Cada palabra compartida, cada queja, cada solicitud y cada confidencia fortalecieron nuestros lazos. Mi papá, modelo de vida y de valores humanos y espirituales, me guio durante 66 años con prudencia y sabiduría. Mi esposo, durante 42 años, nunca faltó a sus promesas de amor y fidelidad; siempre fui lo primero y lo más importante para él. Ambos partieron sabiendo cuánto los amaba y con la alegría de saberse profundamente amados.

“Cuidar no solo acompaña a quien parte; también transforma a quien permanece.”

El valor de acompañar en la enfermedad

El cuerpo siente el peso del esfuerzo diario, pero el espíritu se reconforta cuando actúa por amor. No puedo negar que hubo cansancio físico. Fueron noches largas y jornadas de entrega constante; sin embargo, saber que toda esa energía nacía del amor y del agradecimiento hacia quienes tanto me habían amado hacía que cualquier carga se sintiera ligera. A veces, incluso, dejaba de sentirse como carga.

El desgaste físico se transformaba de inmediato en una profunda satisfacción. En cada gesto de cuidado había una forma silenciosa de decir: “gracias por todo lo que me diste, gracias por tu vida, gracias por tu amor”.

La fe como sostén del cuidador

Nada de esto hubiera sido posible únicamente con mis fuerzas. Este camino de acompañar y cuidar, uniendo mi conocimiento y experiencia profesional con el amor más puro hacia los dos hombres que más he amado en mi vida, fue posible gracias a Dios nuestro Señor y a nuestra Santísima Madre.

En esa misma línea, el Papa Francisco ha recordado la importancia de apoyar a quienes cuidan a los más débiles, a los enfermos y a los ancianos, reconociendo que los cuidadores cumplen un papel esencial en la sociedad.

Ellos estuvieron conmigo, tomándome de la mano en cada momento de debilidad, duda y cansancio. Me acompañaron en este bendito oficio de cuidar, infundiendo en mí paciencia, prudencia, tolerancia, buen trato, misericordia, empatía, fortaleza y ternura: todo lo necesario para ser el faro que mi papá y mi esposo necesitaban en su última jornada terrenal.

Un legado de amor que permanece

Este es mi legado: comprender que el amor entregado con el cuerpo y con el espíritu nunca se pierde. La vida nos lo devuelve con creces, convertido en memoria, gratitud, consuelo y esperanza.

Para quienes hoy cuidan a alguien que aman, deseo que estas palabras les recuerden que no están solos. Cuidar puede doler, cansar y exigirlo todo; pero también puede revelar una riqueza inmensa: la de haber amado hasta el final.

Al final, cuidar a un ser querido deja una huella profunda: la certeza de haber amado, acompañado y honrado una vida hasta el último momento.

Gisela Mercado Salgado autora de Fratelli Core

Gisela Mercado Salgado es Química Farmacéutica Bióloga egresada de la Universidad Autónoma del Estado de México. Madre, abuela y mujer de fe, ha vivido el amor, el duelo y el cuidado como caminos de crecimiento espiritual. Hoy comparte su testimonio desde la esperanza y la certeza de que acompañar con amor deja un legado que permanece.

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