Por Laura Ruiz Mercado
Cuando parecía que todo volvería a la normalidad después de los meses de encierro provocados por la pandemia de COVID-19, en casa sucedió lo contrario. La vida afuera se fue restableciendo poco a poco, pero al interior de nuestra familia nada volvió a ser igual. Algo andaba mal con el comportamiento de mi esposo: lo notaba apático, distante, desfasado en sus horarios, desentendido de todo…
Meses después llegó el diagnóstico que cambió nuestras vidas por completo.
Así fue como, sin planearlo ni esperarlo, me convertí en la principal cuidadora de mi esposo. Mis actividades y nuestros proyectos se transformaron por completo. Han pasado cuatro años desde entonces: un tiempo de grandes retos, pero también de profundos aprendizajes.
Un proceso que transforma la vida
Ser cuidadora no es fácil. Solo quienes lo hemos vivido entendemos lo que implica día a día: cansancio, incertidumbre, pero también amor y esperanza.
Por eso, espacios como Fratelli Core son tan valiosos: aquí los cuidadores podemos apoyarnos, escucharnos y cuidarnos mutuamente.
Hoy deseo compartir lo que me ha ayudado en este camino. No son recetas, sino experiencias que nacen del corazón y del aprendizaje diario.

1. Entender la enfermedad
Cuando recibimos el diagnóstico, escuché atentamente las indicaciones del médico y busqué comprender la enfermedad: sus causas, sus etapas y, sobre todo, qué podía hacer para procurar el bienestar de todos.
Entender que su comportamiento no es intencional, sino parte del padecimiento, me ayudó a reducir el estrés y aceptar que nada volverá a ser como antes. Soltar expectativas fue un acto de amor y realismo.
2. Compartir el diagnóstico
Contar lo que estábamos viviendo fue difícil, pero necesario. Compartir el diagnóstico con familiares y amigos nos permitió sentirnos acompañados.
Hablarlo alivió mi carga emocional y abrió la posibilidad de recibir apoyo y comprensión.
3. Aceptar que necesitamos ayuda
Durante los primeros meses quise hacerlo todo sola, hasta que el agotamiento me rebasó.
Aceptar ayuda no es debilidad, es sabiduría. Cada apoyo, por pequeño que sea —una visita, una tarde libre, ayuda en las tareas del hogar—, marca la diferencia.
Si tienes familia cerca, establecer turnos o roles puede evitar el desgaste.

4. Reservar tiempo personal cada día
El autocuidado no es un lujo, es una necesidad.
He aprendido que dedicar tiempo para mí no me hace egoísta; me hace más fuerte.
Caminar por las mañanas, leer, tejer o cuidar el jardín se han convertido en mis respiros cotidianos.
Cada quien puede encontrar su propio espacio de bienestar: lo importante es no dejarnos al final de la lista.
5. Cuidar la salud física, emocional y espiritual
Imposible cuidar a alguien si uno mismo está quebrado.
Salud física
Dormir, alimentarse bien y moverse son básicos. Escuchar al cuerpo y acudir al médico cuando lo necesita es parte del cuidado.
Salud emocional
He aprendido a hablar de lo que siento, a llorar, a reconocer la tristeza, la rabia y el miedo.
Hablar sana. Y encontrar un grupo de apoyo con quienes viven algo similar me ha dado fuerza y esperanza.
Salud espiritual
Aunque lo menciono al final, es lo más importante para mí.
Aferrarme a Dios ha sido mi refugio. En el silencio y la oración encuentro descanso y fortaleza.
Cuando siento que no puedo más, recordar que no estoy sola me devuelve la paz.

6. Cuidar el alma también es cuidarse
Cuidarnos interiormente no es opcional. El cuerpo se agota, y el alma también.
El amor con el que cuidamos no elimina el cansancio; reconocer nuestros límites no es debilidad, es humildad.
Cuidar el alma es nutrir las raíces del árbol que somos. Si solo atendemos las ramas —las tareas, las rutinas—, terminamos perdiendo fuerza interior.
Solo cuidando el cuerpo y el espíritu podremos mantener viva la energía que nos permite amar y servir con serenidad.
Reflexión final
Después de estos años acompañando a mi esposo en su demencia frontotemporal, estoy convencida de que quien cuida, necesita cuidarse.
Solo cuando atendemos nuestro bienestar físico, emocional y espiritual podemos brindar un cuidado más humano y compasivo.
Comparte tu experiencia
¿Eres cuidador o cuidadora? ¿Qué te ha ayudado a mantenerte fuerte en este camino?
Déjanos tu comentario o únete a nuestra comunidad de apoyo en Fratelli Core
Me encanto el testimonio de Laura y me parece super importante que haya una red de apoyo para los cuidadores que a veces lo necesitan más que el propio enfermo pues él ya está siendo cuidado y atendido. Gracias!
Cuido a mi esposo le dio un derrame cerebral hace 3 años , pero hace un año estuvo entrando y saliendo del hospital, residentemente le pusieron un stent. A sido difícil ya que estoy 100% con el si estoy cansada pero Dios me ha dado fortaleza.
La labor de un cuidador importa más de lo que podemos imaginar, cada decisión, cada desvelo, cada gesto nace del amor y la responsabilidad.
Tú presencia marca reales diferencias en la vida de quien cuidas.
Está bien cansarte, dudar, o necesitar ayuda, cuidar también implica cuidarte.