Desde hace cuatro años tengo la oportunidad —y la responsabilidad— de impartir un taller de pintura para adultos mayores en Casa Honoranza, residencia de retiro. Oportunidad, porque ha significado un espacio constante de aprendizaje. Responsabilidad, porque exige sensibilidad, apertura y escucha: estar siempre atento a la persona, a lo humano, con todo lo que ese concepto implica.
Antes de esta experiencia, para mí el proceso pictórico era, ante todo, una experiencia estética, plástica, un ejercicio creativo. Pero al atravesar este taller junto a los adultos mayores, he sido testigo de algo mucho más profundo: los beneficios que esta actividad les brinda en su bienestar emocional y físico.
A lo largo de estos años los he visto atravesar distintas experiencias: adaptarse al estilo de vida en una residencia de retiro y al duelo que implica dejar atrás su hogar y sus actividades cotidianas; la pérdida de familiares o amistades cercanas; situaciones de salud como la pérdida parcial de la vista; afectaciones en la motricidad fina; la pérdida del habla; y, en otros, las crisis propias de algún tipo de demencia.
Me es importante mencionar este panorama porque es el marco para entender lo que vivo con ellos en cada sesión, y lo que —para mí— aporta la práctica pictórica y el proceso creativo.
Para quienes atraviesan procesos de demencia, pintar se ha convertido en un espacio de conexión con la realidad: un motivo que brinda estabilidad emocional y disminuye la ansiedad.
Pintar es también un ancla para revivir recuerdos, experiencias y emociones; rememoro la emoción de quien me narró que en nuestra clase usa el caballete que pertenecía a la madre, de las jornadas de pintura entre esa madre y él, el hijo.
Ante duelo por la pérdida de familiares o amigos, pintar se vuelve una herramienta para afrontar el sufrimiento emocional, un instrumento de acompañamiento. A través del color, he podido mirar como alguien ha logrado simbolizar y expresar la pérdida de una hija; ese símbolo es un colibrí, que muta en formas, texturas, colores, escenarios, que se repite una y otra vez, esa repetición es, también, una forma de aceptación.
Para quien ha perdido el habla, pintar se ha convertido en su lenguaje: un puente para estar con los demás, un vínculo con su entorno.
Cuando un adulto mayor se sabe y reconoce creador, autor, fortalece su autoestima, su autonomía y su identidad; recuperar su propia voz, es una forma de reconstrucción personal. Este efecto se potencia especialmente en quienes crean a pesar de la debilidad visual o la dificultad motriz.
Esa autoestima se consolida cuando sus obras se convierten en regalo: ante el nacimiento de un bisnieto, la boda de un nieto, o para quienes los cuidan cada día.
El bienestar colectivo está implícito en cada sesión. Compartir el espacio de creación, admirar las obras de sus compañeros y conversar sobre ellas con cada autor genera vínculos y combate el aislamiento social.
El lugar donde se crea también merece mención: un espacio pensado para ellos, donde se cuida la música que acompaña el proceso, se procura la tranquilidad y se exhiben algunas de sus piezas. Esa exhibición se vuelve, a su vez, testimonio de los progresos, las motivaciones y las exploraciones de cada uno.
Construir, crear formas, colores, imágenes, es reconstruir una narrativa personal. Es un reencuentro consigo mismos. Ese es, en el fondo, el verdadero valor del proceso creativo, ser un ancla frente a la demencia, un puente hacia los recuerdos, una herramienta para afrontar el duelo, un lenguaje cuando falta la palabra y una vía para fortalecer la autoestima, la autonomía, la identidad y los vínculos colectivos.
Este es mi testimonio, desde al ámbito pictórico, pero tengo la certeza de que toda actividad artística y creativa puede resultar beneficiosa para la salud mental, emocional y cognitiva.
Por ello, concluyo con una invitación para ti, lector; si tienes un adulto mayor bajo tu cuidado, acércalo a la música, el baile, a la danza, a la escritura o la pintura, Y si te dedicas a alguna de estas expresiones, ponla al servicio de tus seres cercanos o conviértela en una actividad de voluntariado.
Como me ha sucedido a mí, estoy seguro que esta experiencia también te transformará, porque acompañar la vida desde el arte es un acto de generosidad y de humanismo.
Sobre el autor
Emmanuel Uribe Acosta
Artista visual · Gestor cultural
Instructor de pintura y de artes marciales chinas, con una trayectoria que integra la práctica artística y el movimiento consciente como herramientas de bienestar integral.
Desde hace cuatro años imparte un taller de pintura para adultos mayores, acompañando procesos de duelo, demencia y aislamiento a través de la creación artística.
Ha enfocado su trabajo en diseñar espacios de creación pensados para el bienestar emocional, físico y cognitivo — donde el arte se convierte en lenguaje, ancla y puente hacia los recuerdos.
Instagram: @emmanuel.uribe.acosta @taller.tonal