Por Anilú Zendejas Arizmendi
Compartimos el testimonio personal de Anilú, para quien la fe ha sido sostén en su labor como cuidadora.
La espiritualidad del cuidador como fortaleza
Siempre deseo que todos los cuidadores se encuentren bien. Es una de las peticiones que incluyo en mi oración diaria, porque creo que la espiritualidad del cuidador es una fuente de fortaleza que muchas veces olvidamos.
Estoy segura de que no es nuevo para ustedes saber que el cuidador primario asume la responsabilidad de la vida cotidiana, la higiene, la medicación y el bienestar de otra persona, muchas veces a costa de su propio espacio, su tiempo y su salud.
Les comparto que crecí en una familia donde mi papá y mi mamá cuidaban a un ser querido enfermo o dependiente. Su ejemplo estaba colmado de acciones de amor, acompañadas todos los días por una oración por la salud de nuestro familiar, un rosario, el ofrecimiento de una misa o una penitencia.
Mi mamá nos recordaba que debíamos cuidar a los demás como nos gustaría que nos cuidaran a nosotros y tener presentes las palabras de Jesús: «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, conmigo lo hicieron» (cf. Mateo 25, 40).
Todos éramos invitados a apoyar al cuidador primario con lo que cada uno podía: tiempo para relevarlo, dinero, compañía, escucha u oración. Tal vez por eso mi labor como cuidadora no me agobia tanto como podría, aunque eso no significa que me la pase en «un lecho de rosas», como diría mi mamá.
Encontrar sentido en medio del sufrimiento
En mi experiencia, el camino del cuidador es una donación enorme y sacrificada. Se viven infinidad de sentimientos: desde los que nos dan paz hasta aquellos que nos llevan a descalificarnos y a sentir enojo, frustración, desesperación y agotamiento. Es justo ahí donde la espiritualidad del cuidador hace la diferencia. Eso no nos convierte en malas personas; nos recuerda nuestra humanidad limitada y nos permite acercarnos al abrazo de quien nos conoce y acepta tal como somos, sin juzgarnos, incondicionalmente y con amor: Dios.
A Él le agradezco los buenos momentos y también los malos. Sí, porque en los momentos difíciles crecemos: son retos que nos permiten construir una mejor versión de nosotros mismos. Para mí, es más fácil recorrer ese camino sintiéndolo a nuestro lado, confiando en su voluntad, con la esperanza y la fe de que nos acompañará en lo que vivamos como cuidadores y como familia.
En su libro El hombre en busca de sentido, el psiquiatra Viktor E. Frankl, sobreviviente de los campos de concentración, reflexiona sobre la importancia de encontrar sentido a la vida incluso en medio del sufrimiento y sobre la libertad de elegir nuestra actitud ante las circunstancias. Para mí, esa libertad es un regalo maravilloso de Dios y el corazón de la espiritualidad del cuidador. Nos invita a ser responsables de nuestras decisiones y sus consecuencias. Y, cuando tomamos de la mano a Dios y lo escuchamos en la oración, encontramos luz para discernir por dónde caminar.
En enero de 2022, mi hermana tuvo un accidente cerebrovascular. En 2024, mi mamá falleció a los 74 años a causa de un cáncer de mama con metástasis ósea. Ese mismo año falleció mi sobrino Diego, de 20 años, por un cáncer cerebral. Estas realidades, consecuencia de nuestra humanidad finita, refuerzan mi convicción de que siempre podemos elegir con qué actitud vivir lo que nos toca.
Mi mamá y Diego enfrentaron la postración, el dolor y los anhelos truncados «poniendo buena cara al mal tiempo», como dice el dicho. Mi mamá dio sentido a su vida hasta el último aliento, orando por las necesidades de los demás y por su salvación. Diego siempre nos regaló un extraordinario sentido del humor. Mi hermana Rosi, por su parte, hoy elige vivir con un ánimo alegre y esperanzador.
Espiritualidad del cuidador y redes de apoyo: nadie debería cuidar en soledad
Mi papá tiene la enfermedad de Alzheimer y vive en casa por invitación de mi esposo, Héctor, a quien agradezco su amor; también agradezco a mi hija Camila su paciencia y sus sonrisas.
Esta labor de cuidadora está acompañada por la Santísima Trinidad y la Sagrada Familia de maneras muy tangibles. Cuento con una enorme red de apoyo: mis hermanos Rosana y Alejandro; mi cuñado Sergio; mis sobrinas Ana Sofía y Renata; amigos y conocidos; el grupo para cuidadores ALERE; y mis maestros del Centro de Formación Espiritual del Carmen. Para mí, la espiritualidad del cuidador también se vive en comunidad.
Tener presente que no estoy sola, incluso cuando por momentos me siento así, me ayuda a vivir el aquí y ahora, a reconocer los apoyos que tengo y a mirar mi realidad con gratitud.
San Camilo de Lelis, patrono de los enfermos y de quienes los atienden, nos inspira a reconocer el rostro de Jesús en quienes sufren. Para mí, esa mirada también nos ayuda a responder con dignidad y respeto cuando encontramos incertidumbre en la atención médica, poca paciencia, consejos sin apoyo concreto, instituciones con recursos insuficientes o amigos que se han alejado.
Nuestra labor nos dignifica y dignifica a quienes cuidamos. En ese camino, cada paso nos ofrece a ambos la posibilidad de trascender.
Una oración para continuar el camino
Quiero compartirles una de mis oraciones predilectas, después del Padre Nuestro y el Ave María. Es de santa Teresa de Jesús: «Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: solo Dios basta».
Pero lo que más me ayuda es platicar con Él, guardar silencio y escucharlo. En la oración encuentro las respuestas que necesito y una paz profunda para continuar. Es mi vitamina espiritual y nunca deja de sorprenderme.
Esa es, para mí, la espiritualidad del cuidador: saber que no caminamos solos.
«Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso» (Mateo 11, 28).
¿Qué te sostiene a ti en los días difíciles? Cuéntanos en los comentarios. Y si quieres recibir más testimonios y recursos para familias cuidadoras, suscríbete a la comunidad de Fratelli Core.
Sobre la autora
Anilú Zendejas Arizmendi
Licenciada en Ciencias de la Educación y maestra en Educación Familiar. Ha complementado su formación espiritual y humana con diversos diplomados y talleres en el Centro de Espiritualidad del Carmen. Hoy acompaña en casa a su papá y comparte su experiencia para que ningún cuidador se sienta solo.
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